La falacia del crecimiento infinito o la ilusión del desarrollo

Hace años escuché al profesor Manfred Max Neef decir que además de existir países desarrollados y en vías de desarrollo, también existían países en vías de subdesarrollo y que el número uno dentro de esta última categoría, era Estados Unidos de América. El profesor Max Neef, premiado con el Right Livelihood Award por sus notables aportes al pensamiento económico, principalmente a través de su teoría del desarrollo a escala humana, exponía la falacia que encierra el concepto de desarrollo cuando está relacionado directamente con el crecimiento de la economía. Estados Unidos es el país que tiene el mayor Producto Interno Bruto (PIB) del mundo, pero es también el país que genera mayor basura per cápita (tres veces más que el promedio mundial), y es el segundo país que emite más CO2 a la atmósfera, contribuyendo notablemente con el cambio climático y la crisis socio-ambiental mundial. Si bien no existe una definición única sobre las variables que contribuyen al desarrollo de los países, el paradigma neoliberal dominante plantea que el crecimiento permanente del PIB es fundamental para alcanzar el desarrollo.

El PIB mide el valor monetario de los bienes y servicios finales producidos en un país en un período de tiempo determinado, considerándose generalmente el período de un año. El PIB no dice nada sobre las inequidades e injusticias sociales existentes, ni sobre los impactos socio-ambientales que la producción de bienes y servicios genera. Tener como principal objetivo económico alcanzar el máximo PIB posible, es una política orientada a la maximización de los ingresos y no de los beneficios. Altos ingresos se pueden obtener a altos costos, lo que claramente ocurre a escala de países, como el caso de Estados Unidos muestra, pero también a escala global. La promoción del crecimiento del PIB como principal objetivo de política económica nacional, se estableció con fuerza después de la segunda guerra mundial. Desde entonces, fenómenos como la deforestación, el aumento de los gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, así como la contaminación del suelo y de aguas interiores y marinas, han también emergido con fuerza a escala global, causando una crisis planetaria sin precedentes que, de acuerdo a diversas investigaciones, pone incluso en riesgo la vida humana en el planeta.

Existe de hecho una relación directa entre el crecimiento del PIB y el aumento de la huella ecológica de los países y del mundo. De acuerdo con Global Footprint Network, desde comienzos de la década de los 70s, la huella ecológica mundial superó la biocapacidad del planeta, haciéndose cada vez mayor el déficit ecológico de la humanidad. Según su estimación, hoy necesitaríamos que el volumen de nuestro planeta fuera un 70% superior para contar con la cantidad de tierra y agua que nos permitiría producir todos los recursos que consumimos, y absorber todos los desechos que generamos “sin comprometer la habilidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”. Es decir, para sostener en el tiempo nuestros niveles actuales de producción y consumo, ¡necesitamos 1,7 planetas! En otras palabras, si no modificamos nuestros patrones de producción y consumo, vamos directo al colapso.

Por lo mismo, la idea de un crecimiento económico infinito ha sido seriamente cuestionada desde círculos académicos. Particularmente, desde la economía ecológica se ha expuesto lo absurdo e insustentable de pretender un crecimiento económico infinito dentro de límites planetarios finitos. Para los economistas ecológicos, la economía constituye un subsistema dentro del sistema de la biósfera, por tanto la extracción de materias primas así como el volumen de desechos que se generan tanto en los procesos de producción y consumo, deben tener en cuenta permanentemente esos límites y el riesgo que conlleva traspasarlos.

Pero la sobrevaloración del PIB como indicador de desarrollo no solamente esconde serios impactos ambientales, sino que los beneficios del crecimiento de la economía tampoco han sido distribuidos equitativamente entre los distintos grupos sociales. Esta inequidad en la distribución de los ingresos, el acceso a la salud, la educación y la participación política efectiva, está levantando movimientos de protesta social en distintos lugares del mundo. El movimiento social que emergió con fuerza en Chile desde el 18 de octubre de 2019, es sin duda el caso que más ha llamado la atención global. En gran medida, la fuerza del movimiento social y manifestaciones en Chile, se deben a la profundidad de las reformas neoliberales establecidas hace cerca de 40 años durante la dictadura cívico-militar, las cuales han moldeado una sociedad altamente segregada, que separa a las personas según su nivel de ingreso y riqueza. El discurso del desarrollo y el crecimiento económico se ha mantenido inalterado desde entonces.

En el contexto de las actuales movilizaciones sociales y pese al cambio de gabinete que incluyó a los ministerios de hacienda, y economía, fomento y turismo, el crecimiento económico sigue siendo central en el discurso oficial. La idea de un cuestionamiento al crecimiento económico vinculado al desarrollo, no está definitivamente en los planes de las nuevas autoridades del país. El presidente repite hasta el cansancio que debemos crecer para lograr la meta del desarrollo, como si mayor crecimiento algún día nos llevara a traspasar una línea invisible que otros países – aquellos de la OCDE – ya han cruzado. Sin embargo, el desarrollo no constituye una meta única y homogénea. No debemos necesariamente seguir el camino que otros han seguidos para considerarnos desarrollados. Por el contrario, el bienestar de una sociedad debe ser evaluado en consideración a aspectos propios que tienen relación con su cultura y su historia.

Sobre todo, el desarrollo no es algo que esté necesariamente vinculado con el crecimiento de la economía. De hecho, esto era algo que algunos economistas clásicos habían ya observado hace más de 200 años. Por ejemplo, John Stuart Mill, filósofo y economista inglés, uno de los más influyentes de la corriente liberal, indicaba que una vez alcanzado un nivel de riqueza que asegurara una vida digna, los esfuerzos de una sociedad debían orientarse en aumentar el progreso moral y social, incluyendo un aumento del tiempo de ocio, y no hacia un permanente crecimiento de la acumulación y la riqueza material. El mismo profesor Max Neef desarrolló un estudio comparativo en 19 países que lo llevó a proponer la teoría del umbral. La evidencia recogida, indicó que el aumento del crecimiento económico trae también mayor bienestar social solo hasta cierto punto, traspasado ese umbral, no obstante, un aumento del crecimiento económico implicaría un deterioro en la calidad de vida y el bienestar social. Un estudio desarrollado para Chile por Beatriz Castañeda y publicado en la prestigiosa revista Ecological Economics, confirma los resultados encontrados por Max Neef, indicando que para el caso de Chile existe un vínculo directo entre el crecimiento del PIB y la disminución del capital natural, sin un aumento del bienestar social. Como expresa el profesor Robert Costanza, de la Universidad Nacional de Australia, “es hora de dejar el PIB atrás” y buscar nuevos indicadores de desarrollo y bienestar social. Más aún, se requiere una nueva forma de entender la economía, que considere por un lado los límites ecológicos para su crecimiento y que, por otro lado, garantice derechos sociales que contribuyan al bienestar social colectivo. El actual contexto social en Chile, entrega una excelente oportunidad para pensar en estos cambios profundos.

  • José Barrena Ruiz
  • Académico Universidad de Aysén